martes, 1 de noviembre de 2016



Más o menos, eran las veinte horas en la capital del país, un momento de soledad.
Aunado a que la nona se avecina, y la víspera del otoño se aproxima, un amor se aleja.
Nunca imagine que las cosas serían tan fáciles y tan complicadas para la otra persona,
únicamente porque no éramos capaces de poder amar igual, no poder estar y estar.
Efectivamente, no era el ritmo que debíamos dar. Era algo más inseguro, algo más
lamentable, era un miedo a ver que había más allá de una puerta, de un sentimiento.

Era ver el mar chocar con las rocas, era ver el sol perder con la noche, era ver el fuego expandirse con el viento y derrotarse con el agua. Era verte conmigo y avanzar sola.
Es contemplar los días contigo y a solas, es un viento que trae basura y me recuerda lo sola que soy y no poder decirte… ¡Hola! Son tantas cosas, son tan pocas, que no hay manera de manejar la costa. Vaya que yo crecí en ellas, yo las domine y ame en mi infancia. Es un tormento y una casualidad, es la obra y la bibliografía en una estrofa. El alma me sucumbe y unas gotas se deslizan en un ático, es una memoria. Es una piedra filosofal que yo quiero retener para escribir una y mil historias.
El tiempo es corto, el tiempo te domina, el tiempo termina y no hay mucho que podamos hacer para poder contemplar la aurora a solas. Es manejar un auto y no poder frenar, ni acelerar para tenerte una figura que para la humanidad sea normal. Siento que no hay espacio y no hay campo en el que pueda luchar y demostrar las cosas que la velocidad pueden generar. Según la física y = mx + b, quisiera frenar todo lo que contiene esa ecuación, pero en el amor no existe ninguna que frene todo lo que puedo hacer por ti y lo que busco de ti.
Soy más simple, soy más eficaz, cuéntame un chiste y la vida seguirá.

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